Unas migas en la Antártida 
Dedicado a todos los extremeños, que pasaron por las campañas antárticas...

Con las distintas entregas he intentado evitar el típico blog sobre relatos de actividades profesionales en la Antártida o el del relato diario de la vida en una BAE (una base antártica española). En realidad esto último por incompatibilidad con nuestra tarea allí. Lo primero nunca lo entendí interesante; no el trabajo allí, el relatar diariamente la labor profesional. Así, he tratado de que quien lea el blog se pueda hacer una idea de lo que rodea nuestra labor profesional en las bases.



Desde hace bastante tiempo he ido comprobando un entusiasmo desbordado en la Antártida por ser "los primeros" en algo, haber aguantado lo peor en algún sentido o "ser los que más" en algún aspecto. Así, son habituales los personajes que se vanaglorian de ser los primeros y únicos de su pueblo o provincia que han estado en la Antártida; los primeros que recorren tal o cual paraje de Isla Decepción o Livingston; los primeros en abrir una vía de acceso a...; o por haber estado en la campaña más dura en algún sentido: la más fría, la más lluviosa, la del desembarco más duro, la más nivosa, la más ventosa, etc. Parece que vayamos donde vayamos siempre buscamos algo que nos permita dejar nuestra impronta en ese lugar al ser "los más" en algo. Con el tiempo, viendo la vida con la perspectiva que dan los años, vas comprobando lo infantil de esta actitud. Actitud por otro lado natural si observamos que vivimos en una sociedad de apuestas, ligas deportivas, premios, curricula y libros de records, etc. Una sociedad en la que es imprescindible encontrar esa parcela, por pequeña que sea, en la que somos los más importantes, eso nos acrecienta el ego hasta ponernos a salvo de la impía diosa de las depresiones. Y aunque todos, en mayor o menor grado, estemos afectados de este mal; a algunos, reconociendo el propio mal, no les queda más que reirse al pensar en aquello que escribieron hace más de 2000 años: "vanidad de vanidades, todo es vanidad"; y que resume la obstinación humana por perseguir todo aquello vanal y fugaz. Desde este punto de vista, la Antártida es un terreno abonado para este tipo de actitudes. La Antárida está lejos y allí van "pocos". Pero, según wikipedia, somos ya al menos 6758784011 las personas que habitamos la Tierra. ¿No podemos entender al fin que es muy difícil que encontremos una parcela donde ser "los más"? y que si la encontramos, quizá acabe siendo más pequeña que alguno de los planetas visitados por el Principito. ¿No seríamos más felices olvidándonos de esta obsesión por ser los primeros? Pero charlas del tipo extremeños, valencianos, catalanes o castellanos-leoneses, etc. en la Antártida no ayudan a eso.



Si alguien comenzaba a preguntarse qué tienen que ver las migas con la vanidad, la respuesta es rápida. Estas migas antárticas son el recuerdo cariñoso a todos aquellos extremeños que ya pasaron por la Antártida antes que nosostros, algunos en una época mucho más dura para viajar a la Antártida y en la que no se daba el seguimiento que actualmente los medios de comunicación prestan a las campañas. Este recuerdo equivale al reconocimiento público de que ni somos los primeros, ni los que hacemos nuestro trabajo en las condiones más duras, ni nada por el estilo.



Las migas son, como en muchas otras regiones españolas, la respuesta sencilla al problema de la alimentación diaria en unos tiempos en que no se daba esta abundancia casi insultante de alimentos en nuestra sociedad. La migas, como la caldereta, se prepara en grupo, lo que fomenta la convivencia y la unión; y en muchas ocasiones se comen en la misma fuente directamente, lo que refuerza más aún esa unión. Ahora, en Badajoz nos venden los paquetes de kilo de pan picado para hacer migas, lo que es una ayuda para hacerlas más rápidamente. Pero en la Antártida hay que guardar el pan sobrante cada día y el sábado por la noche picarlo y hacer migas para 28 personas en la comida del domingo. El pan se hace allí, es el pan que tenemos y cuesta conseguir que la levadura fermente a las temperaturas del módulo de vida. Así, que no es el mejor pan para hacer migas; suele ser bastante denso y con una cantidad de sal variable dependiendo de la hornada.



Todo el mundo pica pan. Al principio preguntan sobre el tamaño de los trozos, pero la diferente consistencia de los distintos restos tampoco permite ser demasiado escrupuloso con el resultado del picado. Eso sí, allí está todo el mundo religiosamente picando pan con su mejor voluntad y su mejor sonrisa. Se cuentan anécdotas y se hacen pronósticos sobre el resultado final de las migas. Para muchos es la primera vez que las comen y les parece imposible que de aquel caos pueda salir nada bueno. Después, cuando todo el pan está picado y guardado en una gran bolsa de basura continúa un rato la juerguecilla, este año regada con orujo gallego.





Al día siguiente a picar pimientos, ajos, a buscar pimentón aunque esté oxidado y a corregir el agua, la sal y la cantidad de aceite. Frase típica: "si salen buenas estas migas es para daros un premio" Llega la hora de la comida. Menú del día: "migas con chocolate". Este año el chocolate fue con ayuda de una valenciana "mu apañá". No son las mejores migas que uno es capaz de hacer, pero con todo y eso, todo el mundo se las come, muchos repiten y conseguimos pasar una comida de domingo entretenidos y olvidando por un tiempo las palizas del trabajo o los problemas de los proyectos. En definitiva: "benditas migas que nos acercan a casa por un rato".



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